Las consecuencias sanitarias de los incendios forestales que devastan zonas urbanas se extienden en el tiempo mucho más allá de la extinción del fuego y la disipación del humo. Así lo confirma el Estudio de Exposición al Incendio de Maui (MauiWES), desarrollado por la Universidad de Hawái en Mānoa y publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS). La investigación evaluó a 1.400 adultos de la isla entre 6 y 18 meses después de los incendios de agosto de 2023, detectando concentraciones elevadas de metales tóxicos en su organismo y su relación directa con un deterioro en la función pulmonar.
Los análisis de biomonitoreo revelaron cifras alarmantes al compararse con las referencias nacionales de Estados Unidos: las concentraciones de antimonio fueron casi 40 veces superiores al promedio de control, mientras que el manganeso se multiplicó por 3,8, el bario por 2,3 y el arsénico por 2,2. Mediante pruebas respiratorias estandarizadas, los investigadores identificaron que una mayor acumulación combinada de metales (con el arsénico, el cadmio, el cobre y el antimonio como principales determinantes) se asocia de forma consistente con resultados anómalos en la capacidad pulmonar de los afectados.
Los directores del proyecto, el Dr. Ruben Juarez y el Dr. Alika Maunakea, explicaron que el perfil de exposición en incendios de la interfaz urbano-forestal difiere radicalmente del humo generado por la simple vegetación. Al arder viviendas, vehículos, redes eléctricas y materiales de construcción tratados, se liberan compuestos sintéticos complejos que se asientan en el polvo y el suelo. Además, el desastre remueve contaminantes históricos procedentes de décadas de actividad agrícola e industrial en la isla, creando vías continuas de inhalación y contacto cutáneo durante las labores de reconstrucción.
El estudio también evidenció marcadas variaciones geográficas en la distribución de las toxinas a lo largo de Maui. Mientras que los residentes de Lahaina presentaron niveles relativamente más altos de arsénico y cadmio, las zonas de Wailuku y Kahului registraron las mayores concentraciones de cobre, hierro y molibdeno, coincidiendo con algunas de las tasas más elevadas de deterioro pulmonar. Estas diferencias demuestran que el impacto de la contaminación posterior al desastre no se limita estrictamente a la zona de quema directa, sino que afecta de manera heterogénea a distintas comunidades.
Frente a la complejidad para determinar qué proporción del impacto proviene de los incendios y cuánta corresponde a la contaminación heredada, el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental otorgó una subvención de 3,6 millones de dólares a la universidad para llevar a cabo un seguimiento de cinco años a 1.000 residentes. Paralelamente, el equipo investigador está entregando los resultados individuales a los participantes y facilitando derivaciones médicas a quienes presentan alteraciones respiratorias, reafirmando su compromiso de acompañar a la población durante el proceso de recuperación de Maui.