El queso ocupa un lugar privilegiado en la gastronomía mundial: desde tablas gourmet hasta pizzas recién horneadas, es uno de los alimentos más deseados y consumidos. Pero más allá del sabor y la textura, la ciencia ha comenzado a explicar por qué muchas personas sienten una atracción casi irresistible hacia él y por qué, en algunos casos, puede resultar difícil controlarlo.
La química detrás del placer
El queso contiene una combinación única de grasas saturadas, proteínas (principalmente la caseína) y sabores intensos que activan directamente los sistemas de recompensa del cerebro.
🧀‼️ | La ciencia explica por qué el queso genera tanto placer y puede resultar casi adictivo, al activar circuitos cerebrales vinculados a la recompensa gracias a grasas, sal y compuestos que estimulan la liberación de dopamina. Especialistas aclaran que no es una adicción real,… pic.twitter.com/fc6YtwUXM5
— UHN Plus — Salud (@UHN_Plus_Salud) January 19, 2026
Durante la digestión, la caseína se descompone en péptidos opioides (pequeñas cadenas de aminoácidos) que actúan sobre los receptores opioides del sistema nervioso, generando una sensación de placer y bienestar similar —aunque mucho más suave— a la producida por algunas sustancias opiáceas.
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Al mismo tiempo, la alta concentración de grasas y el sabor umami (intenso y persistente) estimulan la liberación de dopamina, el neurotransmisor clave del circuito de recompensa cerebral. Esta combinación hace que comer queso produzca una respuesta placentera muy potente, reforzando el deseo de volver a consumirlo.
Factores sensoriales y culturales
El queso no solo actúa a nivel químico: su textura cremosa (en variedades como brie o camembert), su crujiente salado (en parmesano o cheddar añejo) y su capacidad para fundirse y transformar otros ingredientes generan estímulos multisensoriales que potencian la experiencia.
Además, el queso está profundamente asociado a momentos sociales y celebratorios: tablas compartidas, cenas con amigos, postres o platos tradicionales. Este vínculo emocional y cultural refuerza su atractivo y puede convertirlo en un alimento “de confort” o de recompensa.
¿Es realmente adictivo?
Aunque no existe evidencia científica de que el queso genere una adicción clínica en el sentido estricto (como ocurre con sustancias como la nicotina o la cocaína), varios estudios y especialistas en neurociencia alimentaria señalan que su perfil nutricional y sensorial lo sitúa entre los alimentos con mayor potencial de “hiperpalatabilidad”.
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Un estudio clásico de la Universidad de Michigan (2015) incluyó al queso entre los alimentos más “adictivos” según la percepción subjetiva de los participantes, por encima de chocolates o helados en muchos casos.
Beneficios y recomendaciones para un consumo equilibrado
A pesar de su potencial para generar deseo intenso, el queso también ofrece beneficios comprobados. Un estudio sueco publicado en Neurology que siguió a más de 27.000 adultos durante 25 años encontró que consumir al menos 50 gramos diarios de quesos ricos en grasa (como cheddar o brie) se asoció con un 13 % menos de riesgo de desarrollar demencia comparado con quienes consumían menos de 15 gramos.
Los especialistas recomiendan:
• Consumir queso con moderación dentro de una dieta variada.
• Preferir porciones pequeñas (30-40 g) y combinarlo con fibra (verduras, frutas, frutos secos) para moderar el impacto glucémico.
• Elegir variedades menos procesadas y con menos sal cuando sea posible.
• Prestar atención a las señales de saciedad y al contexto emocional del consumo (comer por ansiedad o aburrimiento aumenta el riesgo de exceso).
El queso no es “malo” ni “adictivo” en sí mismo, pero su composición y su capacidad para activar el sistema de recompensa cerebral explican por qué es tan difícil decir “solo un pedacito más”. La clave, como en casi todo, está en el equilibrio y en la consciencia del porqué y cómo lo consumimos.

