Un equipo de investigadores de la Universidad Austral y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) desarrolló una proteína experimental capaz de frenar el daño ocular severo provocado por quemaduras químicas. El avance biotecnológico, probado con éxito en modelos animales, logró preservar la transparencia de la córnea tras la exposición a sustancias altamente corrosivas y alcalinas como la cal, la soda cáustica y la lavandina concentrada, accidentes que representan cerca del 8% de las urgencias oftalmológicas.
Las quemaduras alcalinas se caracterizan por su elevada capacidad destructiva, degradando velozmente los tejidos y penetrando hacia las estructuras internas del ojo. Una de las complicaciones más graves de este cuadro es la neovascularización, un proceso patológico en el que proliferan vasos sanguíneos en la córnea (una estructura naturalmente transparente y carente de ellos), lo que genera opacidad permanente, mantiene la inflamación crónica e incrementa significativamente el riesgo de rechazo ante un eventual trasplante corneal.
Para contrarrestar este deterioro, los científicos diseñaron una proteína de fusión que combina dos moléculas estratégicas: la SLPI, que posee potentes propiedades antiinflamatorias, y la cementoin, que actúa como un ancla biológica. Esta estructura biotecnológica resuelve un desafío recurrente en la farmacología oftalmológica, ya que permite que el tratamiento permanezca adherido al área lesionada sin ser arrastrado de forma prematura por el parpadeo o el flujo lagrimal habitual.
Los ensayos preclínicos, realizados en ratas y conejos y publicados en la revista científica International Journal of Molecular Sciences, mostraron una marcada efectividad. En los animales no tratados, la totalidad de los ojos evaluados presentó neovascularización en las capas intermedias y profundas de la córnea, derivando en opacidad irreversible. En contraste, los sujetos que recibieron la proteína de fusión no desarrollaron vasos sanguíneos en dichas capas, conservando la transparencia corneal y reduciendo de manera sustancial los niveles de marcadores inflamatorios.
El estudio fue liderado por Juan Eduardo Gallo, director del Instituto de Investigaciones en Medicina Traslacional (IIMT), junto con los investigadores Juan Pablo Salica, María Constanza Potilinski, Gustavo Ortiz, Paulo Maffia, Diego Guerrieri, Eduardo Chuluyan y el oftalmólogo Malco Rossi. El trabajo contó con la cooperación de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral, el Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos y la Universidad de Buenos Aires, motivando además la publicación de una revisión temática en el Journal of Translational Medicine.
Pese a los prometedores resultados obtenidos en el laboratorio, los especialistas enfatizaron que el fármaco aún se encuentra en fase preclínica y no ha sido probado en seres humanos. Para que la proteína pueda estar disponible en la práctica clínica diaria, el proyecto deberá conseguir financiamiento especializado que permita completar las diferentes fases de ensayos clínicos en pacientes, requisito indispensable para certificar de manera definitiva su seguridad y eficacia antes de su comercialización.