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Anemia por falta de hierro en la infancia: recomendaciones para su prevención y diagnóstico

Anemia por falta de hierro en la infancia: recomendaciones para su prevención y diagnóstico
Photo by Ricky Turner / Unsplash
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La carencia de hierro en la infancia constituye una condición de desarrollo progresivo que puede alterar el crecimiento físico y el rendimiento cognitivo de los niños, evolucionando en sus etapas más complejas hacia la anemia ferropénica. Según una guía médica difundida por la Mayo Clinic, este déficit suele instalarse de forma asintomática en sus fases iniciales, reduciendo la capacidad del organismo para producir los glóbulos rojos sanos necesarios para la oxigenación de los tejidos corporales.

Las exigencias nutricionales del mineral varían según la etapa de desarrollo: los lactantes de 7 a 12 meses requieren 11 miligramos diarios, cifra que se ajusta a 7 miligramos entre los 1 y 3 años, y a 10 miligramos en la franja de 4 a 8 años. En la adolescencia, las demandas se incrementan de forma notable debido al crecimiento acelerado y al inicio de los ciclos menstruales en las mujeres, requiriendo 15 miligramos diarios las jóvenes de 14 a 18 años y 11 miligramos los varones del mismo grupo etario.

Factores de riesgo y poblaciones de mayor vulnerabilidad

Aunque los recién nacidos cuentan con reservas biológicas acumuladas durante la gestación, estas resultan insuficientes para cubrir el ritmo de crecimiento de los primeros meses de vida. Entre los grupos con mayor predisposición a desarrollar carencias de hierro figuran los lactantes prematuros o con bajo peso al nacer, aquellos alimentados con fórmulas no fortificadas y los bebés que consumen leche de vaca o cabra antes del primer año de vida, así como quienes no incorporan sólidos ricos en este mineral a partir de los seis meses.

En la primera infancia, la Mayo Clinic advierte que el consumo de más de 710 mililitros diarios de leche (de vaca, cabra o soja) en niños de 1 a 5 años incrementa el riesgo de déficit, al desplazar la ingesta de otros alimentos esenciales. Asimismo, factores como esquemas alimentarios restrictivos, infecciones crónicas, exposición al plomo, sobrepeso y obesidad actúan como desencadenantes de este cuadro clínico.

A dense cluster of red blood cells floating in a fluid medium
Photo by Anirudh / Unsplash

Manifestaciones clínicas, diagnóstico y prevención nutricional

En sus etapas más avanzadas, la anemia ferropénica se manifiesta mediante palidez en mucosas y lechos ungueales, fatiga persistente, dificultad respiratoria ante el esfuerzo, extremidades frías, irritabilidad y retraso en el crecimiento. Los especialistas destacan además la presencia de la pica, un síntoma caracterizado por el deseo compulsivo de ingerir sustancias sin valor nutricional como tierra, hielo o pintura, el cual requiere evaluación médica inmediata.

Para prevenir la condición, los protocolos indican iniciar la suplementación con hierro a los cuatro meses en lactantes alimentados con leche materna exclusiva, extendiéndose hasta la introducción de dos porciones diarias de alimentos ricos en el mineral, como carnes rojas, aves, legumbres y vegetales de hoja verde. En el caso de los bebés prematuros, la suplementación suele fijarse a las dos semanas de vida. Además, se recomienda combinar estos alimentos con fuentes de vitamina C para optimizar la absorción intestinal del hierro.

Estrategias de tamizaje y manejo pediátrico

La detección precoz de la anemia por deficiencia de hierro se realiza mediante análisis de sangre de laboratorio. La American Academy of Pediatrics de Estados Unidos recomienda efectuar un tamizaje a todos los lactantes entre los 9 y los 12 meses de edad, pudiendo repetirse los controles en etapas posteriores si existen factores de riesgo persistentes.

En caso de confirmarse el diagnóstico, el abordaje terapéutico abarca la indicación de suplementos de hierro por vía oral bajo prescripción médica, ajustes en las pautas dietéticas familiares y, de ser necesario, la realización de estudios complementarios para descartar pérdidas hemáticas u otras patologías subyacentes. La supervisión médica continua resulta determinante para corregir los niveles séricos de hierro y prevenir secuelas en el desarrollo infantil.

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