Un equipo multidisciplinar coordinado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha descubierto un mecanismo biológico detrás del retraso del crecimiento en la infancia: un defecto en la comunicación nerviosa entre el cerebro y el hígado. El estudio concluye que una conexión deficiente durante las primeras etapas de la vida compromete la capacidad del hígado para producir el factor de crecimiento semejante a la insulina (IGF-1). Lo clínicamente relevante es que este fallo ocurre incluso cuando la hormona del crecimiento (GH) y sus receptores celulares funcionan con total normalidad.
La investigación, publicada en la revista Communications Biology, fue liderada por la doctora Ángeles Almeida, investigadora del Instituto de Biología Funcional y Genómica (IBFG) y del Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca (IBSAL). Hasta el momento, la medicina atribuía la mayor parte de los trastornos de retraso postnatal a un déficit directo de la hormona del crecimiento. Sin embargo, este hallazgo demuestra que no basta con la presencia de la GH, sino que el hígado requiere una correcta inervación por parte del sistema nervioso periférico para activar la síntesis de la molécula IGF-1.
El punto de partida de la investigación combinó la experimentación con modelos animales y el análisis clínico de un paciente humano. El Hospital Universitario Quirónsalud Madrid, junto con otros centros europeos, identificó a niños con mutaciones patológicas en la proteína Cdh1 que presentaban discapacidad psicomotora, microcefalia y una estatura muy por debajo de la media ponderada. Los análisis de laboratorio confirmaron que estos pacientes registraban niveles normales de la hormona GH, pero sus concentraciones sanguíneas de IGF-1 eran entre tres y cinco veces inferiores a lo esperado para su edad.

Para desentrañar el mapa molecular, los científicos utilizaron ratones modificados genéticamente con alteraciones neurológicas embrionarias. Los análisis demostraron que el sistema nervioso simpático no lograba inervar adecuadamente el tejido hepático durante el periodo postnatal. Debido a esta desconexión automática entre el cerebro y el hígado, el órgano acumulaba lípidos de forma anómala, bloqueando la señalización celular. Así, aunque la hormona del crecimiento llegaba correctamente a sus receptores hepáticos, la instrucción biológica no progresaba y la síntesis de IGF-1 se interrumpía de manera drástica.
Uno de los hitos más prometedores del estudio fue comprobar que este retraso en el desarrollo físico puede ser reversible. Los científicos administraron IGF-1 exógeno a los ratones durante sus primeros días de vida y lograron revertir en gran medida los problemas de crecimiento, sin necesidad de reparar la conexión nerviosa defectuosa. Este éxito terapéutico temprano sugiere que el tratamiento sustitutivo con esta molécula podría convertirse en una aplicación clínica real para perfiles seleccionados de pacientes pediátricos con trastornos del neurodesarrollo.
El CSIC destacó que este trabajo redefine el entendimiento de la maduración orgánica, recordando que el sistema nervioso periférico ejerce un control directo sobre las funciones metabólicas de órganos como el hígado, el páncreas, los pulmones y el corazón. Tras estos resultados, los próximos pasos de la investigación se centrarán en analizar nuevas mutaciones genéticas asociadas a la proteína Cdh1. Asimismo, los expertos explorarán si fallos similares en la comunicación neuro-orgánica están implicados en el desarrollo de ciertos casos de autismo y otros trastornos del neurodesarrollo de origen desconocido.