El personal sanitario en Venezuela se ha convertido en el principal pilar de contención frente a la catástrofe humana provocada por los terremotos del pasado 24 de junio. Con un balance oficial que ya supera los 1.430 fallecidos y miles de heridos, las salas de emergencia de los hospitales en Caracas y el estado La Guaira se encuentran completamente desbordadas. En medio de pasillos abarrotados, cortes de energía y una escasez de insumos médicos, los profesionales de la salud trabajan sin descanso, improvisando camillas con colchones en el suelo o puertas de madera para atender traumas, fracturas y amputaciones, mientras asimilan el impacto emocional de las desgarradoras historias de los sobrevivientes.
El doctor Andrés, un cirujano maxilofacial que reside en El Hatillo y atiende la emergencia en La Guaira tras descender desde Caracas en una ambulancia cargada de suministros, relata la dura realidad que se vive dentro de los centros asistenciales. El especialista recuerda con especial nitidez el momento en que atendía a una de las tantas víctimas de la tragedia de Catia La Mar:
"Estaba suturando a una señora y ellos, entre lágrimas, nos contaban que gracias a Dios estaban vivos, pero que lo habían perdido todo", rememora el médico sobre el colapso de las estructuras residenciales.
Conmovido por el escenario, Andrés confiesa la enorme presión psicológica que enfrenta el personal en la primera línea de atención: "Yo estaba apretando la garganta para no llorar".
La magnitud del desastre ha obligado a médicos de todas las especialidades a integrarse a la atención de urgencias generalizadas, tratando diariamente a pacientes en condiciones extremas y a niños con heridas de gravedad severa. Ante la evidente precariedad de la infraestructura física, que históricamente ha afectado al sistema de salud pública del país, el especialista subraya que la vocación del personal es lo único que mantiene en pie los hospitales en este momento crítico.
"Cuando pasa algo así es que verdaderamente nos damos cuenta de la precariedad que tenemos. El personal médico de Venezuela está preparado, pero las instalaciones hospitalarias normalmente no están en condiciones óptimas; mucho menos para albergar una tragedia de estas dimensiones", afirma Andrés con frustración.

Por su parte, en el Hospital Periférico de Pariata, la situación es igualmente dantesca debido a los daños estructurales que sufrió el propio edificio, cuyas paredes se agrietaron y comprometieron las áreas de quirófano y terapia intensiva. El doctor Gabriel, otro cirujano maxilofacial enfocado en coordinar la clasificación y el traslado de pacientes críticos hacia la capital, describe el perfil de los ingresados que reciben continuamente en el centro asistencial.
"Llegaban muchos pacientes mutilados, niños, adultos, fallecidos, personas ya sin signos vitales. Muchos politraumatizados, problemas respiratorios o amputaciones", detalla Gabriel.
A su vez manifiesta que la naturaleza de la emergencia ha cambiado con los días:
"Los pacientes que están llegando ahora son distintos; ya llegan fallecidos o con complejidades muy grandes. Enseguida hay que trasladarlos".

El impacto psicológico de la tragedia ha llevado a los profesionales a cuestionar sus propias fortalezas y creencias ante la crudeza de la muerte en las comunidades costeras. Gabriel, quien evoca la histórica tragedia de Vargas de 1999, admite que el escenario actual supera cualquier experiencia previa por la cantidad de familias e infantes afectados, lo que quiebra la entereza de cualquiera.
"Uno como católico duda", alcanza a confesar el médico antes de romper en llanto al recordar el gesto de una anciana de 90 años que, proviniendo de un sector humilde y golpeado, se acercó para ofrecerle una de las veinte arepas que había preparado para el personal de guardia. El cirujano relata que la mujer lo miró fijamente y le dijo: "Hijo, quédate tranquilo", un acto de solidaridad pura que sintetiza el esfuerzo civil que sostiene a la nación.
Mientras los equipos internacionales de rescate de países como Panamá y Estados Unidos intensifican la búsqueda de supervivientes atrapados bajo los escombros de los edificios colapsados, la ciudadanía y los médicos continúan autogestionando la primera fase de la emergencia humanitaria. En las afueras de los hospitales, cientos de familias damnificadas pernoctan a la intemperie esperando noticias de sus allegados o asistencia gubernamental, la cual ha sido calificada de tardía por las comunidades afectadas. En el interior, el personal sanitario continúa suturando, operando y consolando sin recursos suficientes, sosteniendo de pie un sistema herido bajo la premisa de que, mientras existan signos de vida entre las ruinas, ellos no pueden permitirse el lujo de romperse.